Hoy en día,
especialmente en los países desarrollados, la idea de un Dios creador
todopoderoso, sucumbe paulatinamente a manos de un materialismo recalcitrante y
compulsivo cuyo dogma parece querer decir…”no hay más verdad que la que se ve”.
El descrédito en el que ha caído
la iglesia en el caso del Cristianismo, por ejemplo, no ayuda a que sus
principios se mantengan al alza, y aquel propagandístico “temor de Dios” que ya
anunciaban las escrituras mucho antes incluso de que Pedro fuera la primera
piedra, pasó a mejor vida cuando la mano dura de la iglesia dejó de revolotear
sobre los mofletes de los escolares.
Actualmente la
espiritualidad ha pasado a ser, en muchos casos, una revolución autodidacta,
una rebeldía manifiesta contra los valores impuestos, un quiebro al pasado. La
demolición de los credos imperativos frente a los nuevos valores y doctrinas de
cierta inconsistencia o excedidas en misticismo, acaban por reducir la tónica a
un laicismo tan poco alentador como discutible dado que ahora la pregunta es,
“Y si no hay Dios, ¿Qué hay?”, al final la respuesta es que, por narices…tiene
que haber algo, concluyendo en que uno siempre esta buscando en realidad mas allá
de lo que se ve, sin embargo, si no se ve, no se cree, curioso galimatías.
A mi modo de ver, lo
primero que deberíamos preguntarnos, es el por qué de esa búsqueda. ¿Es una
necesidad saber que existe alguien o algo que nos ha creado?, ¿Es mejor si
realmente es así?. Parece ser que a la vista de una popular promesa bíblica,
tenemos una estancia, gastos pagos, y con cargo a algún inversor celestial, en
un lugar llamado Paraíso, donde además de que Paco Montesdeoca tendría bastante
fácil de atinar en el parte meteorológico diario, no hay colas en el Inem, no
existen ni los dentistas, ni la grúa, ni Telecinco, y todas la tías estarían
bañadas por un sugestivo halo de luz, es decir, tendrían mas de dos aureolas,
una pasada oiga! No puedo dejar de imaginarme a San Pedro cuando el Altísimo le
anunció que a partir de ese momento iba a currar allí de portero, colocando las
pulseritas de “todo incluido” a cada quisqui que la espichara. Seguro que el
pobre Pedro, que era más de ir a la lubina, se quedó de “piedra” por el susto,
y de ahí vendrá mas probablemente eso que cuenta la Biblia que le dijo Jesús…
que es que lo malinterpretan todo carajo!
Así que esa idea de
unas vacaciones perpetuas que albergan la posibilidad de una vida después de
esta, de un “no se acaba aquí la cosa”, de un “no desaparezco”, a priori se
presenta muy golosa contemplada en los estatutos de cualquiera de las religiones
presentes, resulta curioso que ninguna de ellas augura un final definitivo en
el que nada queda de nosotros para después.
Esa garantía de no dejar de
existir a la que esta sometido nuestro más arraigado apego, nos pide creer en
algo que nos provea del billete de ida hacia otra vida, algo que nos asegure
que no dejamos de existir. Es esta una de las razones que en esencia nos llevan
a tener fe en una u otra tendencia religiosa, no queremos morir nunca, no
queremos deshacernos de nuestras pertenencias, de nuestros seres queridos, de
nuestros sueños… y la religión, te soluciona este problema.
El apego no es un concepto
religioso, es la adhesión de nuestra mente, nuestro yo, nuestro ego, a todo
aquello que cree que le conforma. Esto es compartido indistintamente por
religiosos y profanos, así que por muy ateo que se quiera ser, el deseo de una
vida eterna subyace en lo más profundo de cada individuo, al fin y al cabo, es
miedo a dejar de existir. Esa necesidad de darle un sentido a una vida que
empieza y acaba sin ningún fin aparente, no deja de contener un matiz
espiritual que bien se acerca a la religión, lo queramos o no.
Otra de las razones que más
ha favorecido la proliferación de las religiones en las sociedades antiguas, es
la oferta de perdón. La idea de un Dios misericordioso que perdona todos tus
pecados quizás sea una de las mejores estrategias de marketing de la historia.
"Hazte musulmán y todos tus pecados serán perdonados (da igual lo que
hayas hecho, ya sabemos que hay unos mandamientos a seguir, pero si te los has
pasado "por el forro" y te apuntas a nuestra religión, haremos la
vista gorda) y si de paso nos traes algún amiguete, te llevaras un microondas
de regalo y un horno "paleolítico", de esos que se limpian
solos".
No cabe duda de que los
preceptos que proponen las distintas religiones contemporáneas, aunque
susceptibles de ser perdonados con una socorrida oración en caso de saltárselos,
promueven la bondad, la generosidad, el respeto por la vida y por el prójimo, y
abogan en común por la consecución de un mundo mejor donde todos somos
hermanos. Esto ha sido, junto a la promesa de vida eterna y el perdón de
nuestros pecados, el otro leitmotiv que nos ha atraído "ciegos de fe"
hacia las distintas vertientes espirituales. Pero por un lado, el hecho de que
el miedo, tanto a que no haya nada después de la muerte, como a un castigo
divino, y por otro lado la búsqueda de un mundo mejor, sean las razones que nos
han llevado hacia la religión, no acaba por resolver la cuestión primordial de
si Dios existe o no.
No podemos confiar que
Dios sea aquel que se dirigió a Moisés en la montaña, o a Abraham, la interpretación
de las escrituras del Antiguo Testamento, de donde nacen varias de las religiones
que hoy conocemos, está basado en manuscritos mal conservados y en una tradición
oral cuya interpretación es muy alegórica, carece pués de rigor alguno. En los
Vedas, muy anteriores a Jesucristo, los Evangelios, o sobre la vida de Mahoma,
Brahma, Mahavira o Buda existe información algo más contrastada y fidedigna
para comprender cual fué la relación de estos con una deidad. Algunos eludían
la existencia de ese Dios, otros parecían tener línea directa con el mismo,
¿Con qué idea nos quedamos? ¿Cuál de ellos estaba más chiflado? o quizás no se
trate de locos, tal vez fueron unos hábiles manipuladores, o quizás personas
con una sensibilidad especial y un magnetismo desbordante.
Los locos pierden
credibilidad a corto plazo víctimas de sus propios actos, y los muchos
manipuladores que en el mundo han sido, aunque hayan podido perpetuar su hegemonía
durante bastante tiempo, jamás habrá sido tanta la permanencia de su legado
como lo ha sido el de los profetas de algunas de la religiones que hoy pueblan
nuestro planeta. Cabe pensar que estos "enviados" por Dios, fueran en
realidad personajes de una cualidad verdaderamente excepcional, quizás a través
de ellos encontremos la respuesta a si realmente existe Dios o no, abandonemos
las doctrinas, y fijémonos en las personas que las promovían.
Parece claro que una característica
común a cada una de estas tan especiales personas, era su enorme capacidad
oratoria y su gran poder de convocatoria. No es extraño que un predicador con
un gran carisma, cuyo slogan augura el perdón de los pecados y la vida eterna,
atraiga multitudes a su presencia. El poder de sugestión que un líder iluminado
puede tener sobre un ignorante conjunto de seguidores crédulos, sin cultura y educación
alguna, puede ser asombroso, máxime si no se descarta la probabilidad de algún
milagro en aras del enorme poder de la sugestión y la psicosis colectiva, y el
añadido de alguna exageración plausible de algún que otro hecho, cuando menos
extraño, que atribuya ciertos poderes a su autor. Pero aun así, por muy divina
que llegue a ser la figura del emisario, ni estos muy dudosos
"milagros" confirman la existencia de Dios, ni el éxito de masas que
llegaron a tener se justifica en su existencia, solo en promesas, lo que nos
lleva a pensar en que, no hay nada que demuestre en la historia de la religión
que Dios realmente existe, nada.
No se me malentienda ni se
me odie por hereje, o iconoclasta, no trato de desmitificar la existencia de
Dios por falta de pruebas, simplemente trato de reducir a su esencia las razones
por las que existe, con el fin de llegar a encontrar algo de real en ellas,
liberar a Dios de su atuendo y sus alhajas, y una vez desnudo, ver si queda
algo sometible a juicio, o por el contrario no queda nada, más que una
ancestral y auxiliadora ilusión. Parece ser que ni los textos antiguos son
esclarecedores, ni los distintos profetas nos han aportado razones lo
suficientemente reveladoras, ni los distintos credos de hoy en día han podido
demostrar su presencia si no es auspiciada por la palabra "fe".
Y desde aquí, cuando en síntesis
parece que nada demuestra que Dios existe, es desde donde podemos partir para
ver si desde otra perspectiva esto es verdaderamente cierto.
Hay algo que he podido
encontrar como denominador común en toda religión y creencia, y principalmente
en sus profetas, me refiero a la compasión. Esta es la palabra que a mi modo de
ver, define los principios de cualquiera de las religiones, filosofías, y
dogmas que en el mundo han existido. Al fin y al cabo la compasión, es el amor
por el prójimo, y el amor, es el sentimiento mas profundo y esencial en todo
ser, principio y fundamento además para la continuidad de la vida.
Partiendo del hecho de que
el amor y la compasión son emociones muy arraigadas en el ser humano, a mí me
es más fácil pensar que la religión ha sido creada por los hombres y no
alentada por un Dios externo que dictaba unas leyes a seguir. Puede que la
llamada interior de aquellos profetas, hombres con una gran percepción y gran
capacidad introspectiva hubieran escuchado el mensaje de su propio Ser interior
y en lugar de hacerse propietarios de esa capacidad preclara para entender la
vida, pensaran que su propia intuición es el lenguaje con el que un Ser
Superior, un Dios, se dirigía a ellos. Cualquiera que haya experimentado los
dictados de su propio Yo interior podría pensar que ese mensaje sutil que nos
ayuda a caminar por la vida de una forma plena y consciente, perfectamente podría
venir de un ser externo, una entidad fuera de nosotros que nos dirige
acertadamente si somos capaces de conectar con ella. Buda, Mahavira, Lao Tse o
Bodhidharma, entendieron esta voz de manera contraria al resto de los profetas,
ellos entendieron que esa llamada, provenía de su propio interior, no de un
Dios exterior que vela por nosotros y nos sugiere unos mandamientos para vivir
en armonía, esas leyes, para los orientales, son en realidad la música de la Unidad buscando la armonía
a través de la compasión, el amor y el desapego en nosotros mismos.
A mi modo de ver, Dios es
la luz interior a la que cada cual tiene acceso si aprende a mirar dentro de
si, a observarse a si mismo como espectador, a silenciar la mente. Es la
intuición que dirige tus pasos en la vida, es el latido que te hace sentirte
parte de un Todo, tu y todo lo que existe una misma cosa, de ahí surge la
compasión, la bondad, la generosidad,…el amor, sin lugar a dudas, y a pesar de
las malas interpretaciones que en la historia se hayan llevado a cabo sembrando
muerte y destruccion, es lo que ha dictado los principios de todas las
religiones, no Dios.
Todo lo anterior nos
demuestra que no es necesaria la existencia de un Dios para garantizarnos la
vida eterna, hay otras religiones que profesan esa continuidad de la vida, y no
tienen una divinidad al mando. Esto me hace dudar de si la religión nace para
realmente proveernos de esa perpetuación de nuestra existencia, o nace porque
algunos iluminados han llegado a ver en lo profundo de su silencio, que cada
cual forma parte de algo eterno, que no desaparece nunca y que tiende a la Unidad , al amor, todo una
misma cosa, en comunión. Es curioso, porque cualquiera de las dos posibilidades
es aceptable, en ti esta discernir cual de ellas es la correcta, quizás también
tú debas preguntarle a tu silencio interior, en él seguro encontrarás la
respuesta, pero primero has de aprender a estar en silencio, busca la meditación
y ella acabará viniendo a ti.