El descuidado y fantasmagórico aspecto de aquella casa decía muy poco de lo que había sido en otro tiempo. Una reticulada malla de enredadera seca abrazaba por completo el perímetro de la fachada, dejando entrever la repujada mampostería que acostumbran a lucir las otrora floridas y hermosas casonas de indianos de aquella parte de Guipúzcoa.
Arrimé la cancela tras de mí, y atravesé el jardín por aquel camino empedrado de pizarras que de niña solía saltar de una piedra a la otra como jugando al cascallo. Subí las escaleras que llevaban a aquella entrada de apariencia tan señorial, y antes de golpear con el aldabón, me dí la vuelta, apoyé mi espalda en aquella robusta puerta, y por unos segundos me contuve observando aquel entorno.
Pensé en los gratos recuerdos de una edad en la que había sido realmente feliz, todo aquello me inspiraba una especial nostalgia. Cada vez que visitaba ese lugar, en mi mente jugueteaban entremezclados infinidad de preciosos momentos de mi infancia, aún así, la idea de tener que entrar sola en casa de mi tía Nerea no me agradaba especialmente. Desde que mi tío Arkaitz murió, todo empezó a volverse triste entre aquellas paredes, y apenas se volvió a ver algo de luz en aquella triste casa. Matilde, la asistenta, tenía orden de dejar las persianas a medio bajar por el día, y cuando llegaba la noche, una única lámpara de pie en el salón, iluminaba pobremente toda la estancia. Aquel caserón se había convertido en un sombrío escenario para la melancolía.
El año pasado tuve que ir a Oñate por la misma razón. Matilde se había ausentado unos días aquejada de otra lumbalgia, y como en el pueblo no hay nadie más que se haga cargo, me tocaba ir a mí que soy la que vive “más cerca”, como dice mi hermano. De Oviedo a Oñate hay casi cuatro horas, ahí es nada. Aquel día me llevé un susto de muerte cuando entré en la casa y me la encontré sobre la cama boca arriba, llorando, completamente desnuda y con el cuerpo entero pintado a pequeños trazos con una barra de labios. Mi marido, al ver que yo estaba completamente paralizada por el shock, recogió la bata que estaba en el suelo y se acercó a ella para taparla y tratar de tranquilizarla. El problema era que esta vez estaba sola, y ni siquiera sabía si Matilde le estaba dando correctamente su tratamiento, me aterrorizaba el hecho de encontrarme a mi tía en una situación similar a la del año anterior.
Me daba lástima pensar en que una mujer que había sido tan hermosa y tan tierna pudiera producirme algún temor, ojalá hubiera podido controlarlo pero, los nervios me podían. Recuerdo que cuando íbamos a verla los fines de semana, siempre tenía algo preparado para darme. Unas veces rosquillas de anís que ella misma hacia, o galletas recién horneadas, otras veces un puñado de avellanas o nueces que me reconducían de inmediato y al galope hacia las poderosas manos de mi padre para que me las cascara. Tía Nerea siempre tenía algún regalo de bienvenida para su querida sobrina.
Después de la muerte de mi tío, mis padres no me dejaban acompañarles a Oñate, decían que mi tía estaba muy malita. La última vez que fuí de niña, había pasado un año desde el atentado. Fuímos toda la familia a verle, mis abuelos y mis otros tíos también acudieron.
Cuando llegamos a la casa salieron a recibirnos al jardín. La tía estaba preparando algo de picar para todos, así que salude esquiva y me dirigí rapidamente a la cocina. Al oírme se dio la vuelta, se agachó ligeramente y me cogió en sus brazos. Recuerdo que me dió un abrazo débil y desprendido, y a continuación un beso sin decir apenas más palabra que mi nombre en voz baja y con cierta ternura, parecía un poco ausente. Después fué recibiendo con la misma falta de efusividad a mi hermano y mis padres. La tónica de aquel día fué un permanente silencio común, una atmósfera de pena y tristeza parecía brotar de cada rincón de aquella morada.
Fuímos todos a la iglesia, y por la tarde, ya en casa, cuando por un momento me quedé a solas con mi tía, me apartó sigilosamente hasta el resguardo del lateral de aquella enorme alacena de la cocina, cogió mi mano entre las suyas, e introdujo algo en ella cerrando a continuación mis dedos sobre aquel incógnito tesoro. Era muy niña aún, pero ese cuidado que puso al dármelo, contuvo mis ansias por ver lo que era en ese instante, parecía querer ocultarlo a la vista de mis padres, así que correspondí con el mismo cuidado. Me miró a los ojos y se dió la vuelta sustituyendo ese semblante amable y distante, por una sonrisa estática y exagerada mientras se alejaba mirándome de soslayo. Mi padre dice que en aquel tiempo tía Nerea ya estaba más pa´llá que pa´cá y que no dejaba de ninguna manera que la llevaran al médico, lo del tío Arkaitz había acabado con ella.
Recuerdo que salí de la cocina disimuladamente, y mientras recorría el pasillo alejada de las miradas de mis familiares, abrí la mano para ver, con tanta decepción como sorpresa, que aquel obsequio no era más que un mísero trozo de vidrio transparente, un vulgar trozo de cristal. Menos mal que mis padres no le vieron dármelo, con lo aprensiva que era mi madre yo creo que hubiera reñido con mi tía, a pesar de que la visita era con motivo de algo tan delicado como el cabo de año de mi tío, pero menuda histérica estaba hecha mi madre, bastante le importaba.
Desde aquel día y cada vez que íbamos de visita, los gestos y comportamientos extraños de mi tía se hicieron más frecuentes. Una triste mirada perdida se dibujaba en su rostro de continuo, sólo alterada por alguna risa repentina descompuesta y sinsentido, que en mi ignorancia, recuerdo me hacia cierta gracia. Ahora lo pienso y la verdad, me dan escalofríos.
Yo no entendía mucho de lo que ocurría en aquella casa, lo que sé es que las visitas se fueron distanciando más y más unas de otras, y las pocas veces que íbamos a verla, mi madre no me dejaba pasar mucho tiempo en su compañía, siempre encontraba alguna disculpa para separarme de ella y que no pareciera forzado.
Intenté desalojar de mi mente aquellos recuerdos tristes de las últimas veces que de niña fui a ver a tía Nerea. También traté de no pensar en lo ocurrido el año pasado y focalizarme en el recuerdo de mi tía en todo el esplendor de su juventud, así que golpee repetidas veces el aldabón de aquella enorme puerta. Mi padre me había advertido que probablemente tendría que hacer uso de la llave porque mi tía apenas se movía de la mecedora del salón, salvo para ir al baño o a acostarse. Golpeé una vez más la puerta, introduje la llave y cerré con cierto cuidado una vez dentro.
Me encontraba de nuevo ante la majestuosidad de aquel amplio y pomposo recibidor que reñía absolutamente con lo vetusto y deslucido del exterior de la casa. Un enorme blasón con el que la Guardia Civil había obsequiado a mi tío en vida, llamaba la atención en la pared derecha de aquel vestíbulo. La luz que entraba por una vidriera sobre la puerta a modo de medio rosetón, me condujo hasta las dos puertas que daban paso al salón, decidí romper aquel silencio sepulcral dando muestras de mi presencia.
- Tía Nerea!!! Soy Edurne!!!- dije en voz bien alta una vez traspasadas las dos enormes puertas vidriadas.
- Tía Nerea, ¿estás ahí? – pregunté en tono más mesurado.
Estaba atardeciendo, y la penumbra en la que se encontraba aquel tétrico salón con las persianas medio bajadas, no me dejaba apenas advertir si efectivamente mi tía estaba sobre su mecedora como de constumbre.
Tenía ante mi aquel imponente reloj de carrillón al que, al final de nuestras ya esporádicas visitas, la mirada de mis padres recurría intermitentemente como queriendo encontrar en él la hora de irse de una vez de ese lugar que tanta tristeza les provocaba.
Su sonoro y siniestro tic tac había dejado de sonar. De alguna forma el tiempo parecía haberse detenido al entrar en aquella casa, como si hubiera encontrado sepulcro en aquel enorme reloj de pie. Me encontraba en el medio de aquel lóbrego salón a tantos años de aquellos recuerdos de mi infancia, y todo parecía igual. Procedí a subir una de las persianas para ver mejor, pero ni rastro de mi tía. Continué llamándola al embocar el pasillo que llevaba a la cocina.
- Tía, estoy aquí, soy Edurne, ¿Dónde estás?
La cocina estaba tal cual hacía 25 años, salvo por un bonito mantel que el año pasado se me ocurrió llevar con la sana intención de darle un poco de vida a esa penuria de decoración. Viéndolo después de tiempo y en frío, me di cuenta de que probablemente me hubiera excedido en lo colorista, chocaba demasiado.
Empecé a preocuparme un poco y a tener una extraña sensación de soledad, lo cual era difícil puesto que mi tía, después de lo de mi tío, apenas había salido de casa más que para ir al médico, u ocasionalmente al hospital por alguno de sus recurrentes achaques.
Subí casi a oscuras las escaleras que daban al piso superior, acariciando aquel suave y torneado pasamanos de castaño por el que alguna vez mi tío me había bajado a horcajadas. Recuerdo una vez en que me deslicé tan rápido, que me escape de sus manos y fui a parar con el pompis contra una especie de pináculo, con forma piña boca arriba que culminaba la balaustrada. Mi tía Nerea nunca reñía pero, con una mirada, mi tío supo entender de sobra que a ella, aquel juego le parecía peligroso y no debía de repetirse, como así sería en lo sucesivo.
Recorrí cada una de las estancias del piso de arriba, empezando por su habitación, mientras le llamaba en un tono cada vez más alterado debido a mi extrañeza y preocupación.
- Tía Nerea, ¿Dónde estás?, ya llegué.- Repetí una vez más ya con cierta inquietud.
Bajé de nuevo las escaleras a tientas. Los nervios me hicieron tropezar con una de las muchas fotografías enmarcadas de mi tío que había por toda la casa. Mi tía era bastante bajita, y muchos de los retratos o fotos estaban colgados a una altura casi ridícula por decisión de ella, le gustaba pararse de vez en cuando para darle un beso a su querido Arkaitz. Yo no podía evitar emocionarme ante tanto amor y tanta pena. Estos últimos años que he podido ver a mi tía mas a menudo, no era extraño el día que Javi me pillaba alguna lagrima en la mejilla, al meternos en el coche, después de despedirnos de ella.
Colgué de nuevo el marco en la pared y me encamine hacia el salón, a través del cual se accedía a un gran porche que daba a la parte de atrás del jardín. Estaba atardeciendo ya aunque no hacía mucho frío, y no era constumbre en ella pero pensé que quizás habría salido un rato a tomar el aire, la primavera ya empezaba a regalarnos alguna que otra tarde agradable. La puerta al exterior de la casa estaba entreabierta, buena señal, así que salí para inspeccionar el terreno.
- Tía, ¿estás ahí?, soy yo, tu sobrina.- Anuncié desde la entrada
Aquel apéndice de la casa estaba a resguardo de la intemperie por una sólida cubierta que descansaba sobre dos voluptuosas columnas de piedra en las esquinas. A los tres flancos, unas escaleras con las juntas pobladas de hierbajos conducían a pie de jardín. En el centro y antes de emprender las escaleras, una gran mesa baja de madera oscura presidía aquel púlpito a modo de mirador, y tres sillones de mimbre la cercaban por tres de sus lados, dejando libre el frente que permitía otear aquel increíble paisaje. Qué entretenidas las tardes de verano bajo aquel acogedor resguardo del calor, jugando con Blas, el cachorro de pastor belga de mis tíos.
Mientras me acercaba, pude advertir que un cojín sobresalía sobre el cabecero del sillón de tres plazas, lo que me sugirió la presencia de mi tía, probablemente se hubiera quedado dormida y no me oía.
- Tía, que soy Edurne, llevo un buen rato buscándote!!!- pronuncié con cierta efusividad para anticiparme, no quería asustarla si se despertaba y me encontraba de frente.
- Tía Nereaaaaaa!! - repetí mientras apoyaba mi mano izquierda sobre el borde del sillón para bordearlo y poder verla.
- ¿Tía Nerea? ¿me oyes? soy yo. - mi voz se volvió trémula al ver su rostro levemente orientado hacia arriba con la boca entreabierta y sin dar contestación.
Mi tía estaba muy enferma, llevaba ya muchos años tomando infinidad de pastillas y su hígado estaba también resentido, no se si tanto por culpa de los medicamentos o por un tiempo, no muy atrás, cuando Matilde aun no venía, y bebía casi a diario. Me temí lo peor, tenía tan sólo 49 años pero todos sabíamos que pronto ocurriría, su corazoncito no iba a aguantar mucho más.
- Tía!!! despierta!!!- dije un poco más alto sin mayor esperanza de respuesta.
La palidez de su cara y la postura de sus brazos no me decían nada bueno. Me agaché hasta coger su mano derecha, acerqué mi mejilla a su boca, y esperé unos segundos. No respiraba, mi tía no respiraba, estaba muerta, no había duda, aún así volví a acercar mi oreja a su boca y su nariz. Nada, mis manos en su pecho atestiguaron lo que mi oído parecía advertir. Traté de tomarle el pulso pero no fui capaz de encontrárselo, era inútil, mi tía Nerea ya no estaba allí. Su mano aún no estaba fría del todo, probablemente no hacia muchos minutos desde su último aliento.
Deje caer cariñosamente esa mano tan fina resbalando entre la mía y me incorporé. Estaba frente a mi tía sin vida y me sentía extrañamente serena, puede que un poco absorta por la inesperada situación, pero los nervios y la inquietud con que había ido buscándola por cada rincón de la casa se habían disipado, dejando paso a una sensación de paz y relajo que, no lo puedo negar, me hizo sentir algo culpable.
Quise quedarme por un rato mirando a aquella mujer a la que tanto había querido. Me senté sobra la mesa baja, frente a ella, apoyé los codos sobre mis piernas y mi barbilla descansando sobre las manos, y me quedé mirando durante un rato aquel rostro amable que tantísimos recuerdos me traía. Hacía tiempo que no la veía tan bien arreglada. Qué guapa había sido, y se podría decir que en realidad lo era, viéndola así incluso a pesar de su palidez. Una preciosa bata fina de color azul cielo con plisados en la cintura y hasta el pecho llegaba a tapar sus piernas casi por completo, dejando ver sus pies descalzos colgando, y bajo ellos, en el suelo, unas zapatillas de color rosa tan pequeñas como pequeños eran sus pies, esperaban pacientes el momento de conducirla hasta su habitación, como todos los días al anochecer.
Observé que a su lado, en el sillón, había una caja metálica estampada, de esas que usaba la abuela para guardar las galletas o las cosas de coser. La cogí para apoyarla en mi regazo y le quité la tapa. Un montón de instantáneas y fotografías en papel se entremezclaban con algunos sobres de carta y varios bocetos de retratos inacabados, pero el peso y el sonido de aquella caja parecían ocultar algo más contundente. Saqué todo el material de papel y las fotos, y pude descubrir bajo todo ello, un puñado de cristales planos con forma irregulares esparcidos por la caja. No reparé mayormente en ello aunque me chocó encontrarlos junto a otras cosas tan personales como una carta, en cuyo sobre se leía en letra bien visible “CARTA A MI ARKAITZ QUE ESTA EN EL CIELO”.
Cogí el sobre y por un instante dudé si abrirlo o no. Entonces me vino a la memoria cuando mi tía recién casada y siendo yo todavía muy niña, no tendría mas de 12 años, gozaba lo incontable hablándome de mi tío y de lo enamorados que estaban. Me decía que algún día yo encontraría también un hombre bueno y cariñoso que me haría muy feliz, pero eso si, nunca se me olvidará que siempre insistía en que yo tendría que ser una chica sobretodo sencilla. Decía que los hombres de verdad no querían a las mujeres sofisticadas, que eran muy complicadas y que ellos sólo querían una mujer que no les diera muchos quebraderos de cabeza.
Mi tía Nerea solía hablarme muy a menudo sobre el amor y sobre mi tío y lo guapo que era, en realidad yo supe lo que era el amor a través de ella, sin duda era la pura imagen de una mujer enamoradísima y apasionada. Pensé que a tenor de tantas confidencias que conmigo había tenido, si alguien había que pudiera leer sus cartas, quizás pudiera ser yo. Realmente presentía que a mi tía no le molestaría.
Levanté la solapilla del sobre y saqué el folio doblado que contenía aquellas, seguramente muy tristes palabras. Lo desdoblé y advertí que estaba manuscrito con una caligrafía y un orden extraordinarios, sin embargo, muchas de las letras estaban corridas o se veían difusas. Tía Nerea solía aplicar unas gotas de perfume o esencia en sus cartas para darles un toque evocador, por eso sus postales siempre nos llegaban ensobradas, así no perdían la fragancia. Aún permanece en mi memoria el olor a azahar que nada más abrirlo mi padre, desprendía aquel sobre con una postal de Granada. En otra ocasión, también durante su luna de miel por el sur de España, nos llegó a casa otro sobre con una postal en la que parecía distinguirse un pequeño corazón, tras el texto que la tía había dibujado con el dedo mojado en aceite de oliva. Más original aún fué la que nos envió un verano desde Ribadesella, que juraba haber metido bajo el chorro de la sidra en pleno escanciado y procedido a secar urgentemente para que la letra no saliera muy perjudicada. También aquel olor acre se olisqueaba tenue al abrir el sobre con su postal dentro. En todas sus misivas la letra se veía mas o menos afectada por alguna sustancia o esencia con un fin sugestivo y evocador, era como su rúbrica. Supuse que en este caso con razón de más, y aunque acerqué el papel a mi nariz, no se olía nada mas allá del aroma rancio del papel después de tantos años, asi que la culpa de esas letras corridas muy probablemente fuera de aquel perfume al que mi tía permaneció fiel durante toda su juventud y que solía reinar en aquella casa cuando íbamos de visita. Ese agradable olor fué otra de las muchas cosas que se llevo mi tío Arkaitz con su trágica muerte.
Me levanté para poder ubicar el cojín detrás de su cuello de forma que pudiera tener su cabeza más incorporada y la boca cerrada, quería mirarla mientras leía su carta, hacia tanto tiempo que no veía a mi tía así de guapa.
Procedí a llamar al hospital sin alarmarles. Les apunté que era ATS y que una familiar mía había fallecido en la calle Camino de Somonte número 4 en Oñate. Les hice saber que todos los síntomas parecían indicar que había sufrido un ataque al corazón, mostraba cianosis no muy marcada por lo que no haría más de un cuarto de hora. Añadí que había tenido varios amagos recientemente, y que la había encontrado en su sillón con la mano izquierda en el pecho bajo la bata, lo que era bastante significativo, les di su nombre y colgué.
Mientras venía la ambulancia desde Mondragón, tendría un rato precioso para compartir con aquella mujer que tanto había sufrido y tanto amado. Mientras la miraba, volví a acercar el folio a mi nariz para apreciar el aroma del tiempo, y luego a mi mejilla para dejarme acariciar por sus palabras y sentirla más cerca, luego me dispuse a leer.
Aún puedo escribirte estas palabras mi amor, quiero aprovechar ahora que mi juicio todavía me ofrece alguna tregua. Sé que todavía no soy consciente de que ya no estás conmigo, mi mente no me deja aceptarlo y tengo miedo, sé que mañana será peor y no tendré fuerzas para superarlo.
Hoy he vuelto a hacer café para dos, y sigo sintiendo ese cosquilleo que me anuncia tu inminente llegada del trabajo al acabar la jornada, pero no oigo el ruido del coche, ni la puerta que se cierra después de clamar - “¿Dónde está mi princesa?”, ya no oigo más que el silencio que me has dejado.
Maldigo por siempre a estos miserables que te han asesinado. Con tu muerte se han llevado mi alma que llora noche y día, mientras aguarda el momento de encontrarse de nuevo contigo. Malditos asesinos de sus hermanos, malditos una y mil veces, por siempre malditos, espero que algún día acaben pagando tanto dolor que han causado a su pueblo.
- Hijos de puta, cuanto los odio. - Dije para mí con rabia contenida mientras apretaba fuertemente mi puño. Cuánto daño han hecho a mi familia y a tantas y tantas personas inocentes. Mi tío no fué el único que murió esa tarde en el atentado del cuartel de Oñate, otras seis personas inocentes dejaron allí su vida, y muchas fueron gravemente heridas.
No sabía lo que era sentir odio, nunca imaginé que un sentimiento así pudiera apoderarse de mí, y lo lamento profundamente pero no puedo contenerlo cariño, me han dejado sin nada, vacía, de todo, vacía de sueños, vacía de amor, vacía de ti. Ni te tengo ni soy nada si ti, ni podré serlo, sé de sobra que no podré con tu ausencia. Antes había fuego, y luz, ilusión y vida en mi alma, y ahora no me queda nada. Los días se han hecho noche y las noches, en vela, se han convertido en un infierno.
Doy gracias a Dios por haberme dejado despedirme de ti llevándome tus últimos besos. También te doy gracias a ti, mi amor, por dejarme verte partir con una sonrisa en los labios mientras tu cuerpo desgarrado sucumbía en mis brazos.
Mi madre me había contado muchas veces cómo había sucedido todo, tantas como se lo había pedido con mi implacable insistencia, y eso a pesar de que yo sabía de sobra que no le era plato de buen gusto.
Coincidencias del destino, tía Nerea había tenido turno de mañanas en el hospital, así que aquella tarde, al llegar de Mondragón, fué a cortar el pelo sin pasar por casa. Desde la peluquería casi se podía ver el cuartel tras los árboles de la plaza del pueblo. Estaba lo suficientemente cerca como para que la explosión llegara a esparcir por toda la sala los miles de cristales en los que se partió el escaparate. Por lo visto Laura, la peluquera, trató de agarrar a mi tía que había salido despavorida hacia el cuartel, mientras las demás, aun conmocionadas, intentaban tratar de percatarse de lo que había podido ocurrir.
De camino hacia el cuartel, se iba encontrando gente alejándose del lugar gritando presa del pánico y el miedo a otra explosión. Cuando llegó al edificio, vio el humo salir por todas las ventanas de la planta baja, incluso a un agente visiblemente malherido dejándose caer por una de ellas hasta el suelo. En ese momento salían cuatro civiles gritando, con las manos en la cara y esquivando como podían a varios heridos que se arrastraban por la acera, frente a la entrada del cuartel.
Una vecina que relató los hechos posteriormente, dijo que desde su casa pudo ver a mi tía cómo se paraba un segundo al llegar y encontrarse con aquella escena dantesca, y cómo inmediatamente se dirigió corriendo hacia la entrada, saltando por encima de uno de los agentes, y entró sin reparo alguno en aquel edificio en llamas.
Varios funcionarios que bajaban de la segunda planta, recordaron haber visto a una mujer entre el humo gritando desconsoladamente el nombre de Arkaitz.
Tía Nerea le dijo a mi madre que ella ni por un segundo se fijo en las llamas, ni en los heridos, ni en ningún peligro, solo en encontrar a su hombre, eso era lo único que existía en su cabeza.
Tardó en salir del edificio unos minutos que se hicieron eternos. Cuando por fin lo hizo, traía arrastrando a su Arkaitz cogido como podía a sus hombros, prácticamente colgado de ella, con la cabeza mirando al suelo y tosiendo convulso. El uniforme despedazado por la metralla permitía ver los regueros de sangre que las numerosas heridas dejaban correr por sus brazos y piernas casi desnudas.
A unos metros de la entrada del cuartel, exhausta, cayó de rodillas, apoyando a Arkaitz en su regazo y abrazándolo contra su pecho mientras lloraba y le decía lo mucho que le amaba besándole sin parar, sabía que su hombre iba a morir allí mismo.
Mi madre no llegó a leer un articulo en el que uno de los sanitarios de urgencia que acababan de llegar, decía haber escuchado a uno de los agentes herido decirle a la mujer que lo abrazaba, que le esperaría en el cielo. Aún guardo ese recorte de periódico pero nunca quise que mi madre lo viera para no acrecentar su temor a que mi tía cometiera alguna barbaridad llevada por la desesperación.
Miré de nuevo y con la misma pena el rostro de aquella buena mujer. y luego lleve mi atención por un segundo a sus manos, esas preciosas manos que en aquel momento tan trágico acariciaban a su querido Arkaitz. Luego seguí leyendo.
He guardado cada uno de los cristales que mientras íbamos en la ambulancia fui arrancando uno a uno de tu cuerpo, entonces ya te habías ido, ya estarías en el cielo cariño. Limpié la sangre de tu rostro y peiné tu cabello con mis dedos mientras te cogía una mano que apreté fuerte contra mi pecho, estuve a tu lado en todo momento, como lo estaré de nuevo el día que Dios lo estime. Sólo le pido que no me castigue con el horror de pasar por la vejez para volver a verte, no podría esperar tanto tiempo amor mío.
En ese momento comprendí que la vida había sido compasiva con tía Nerea al llevársela tan pronto, al fin y al cabo casi vivía ya en otro mundo. Estaba agitada por la emoción y me estaba costando no llorar pero, antes de seguir leyendo, como acto reflejo de sorpresa, inspire profunda y rápidamente tapando mi boca con la mano.
- Dios mío!!! el trozo de cristal, ahora lo entiendo.- dije mirando atónita para aquella caja de metal sobre el sillón.
En aquel momento me di cuenta de que aquel trozo de vidrio que me había dado en secreto de niña, probablemente era uno de los fragmentos que fueron a parar al cuerpo de tío arkaitz por causa de la deflagración. Por alguna razón mi tía quiso que yo tuviera uno de esos pedazos de cristal, quizás para que cuando madurase y supiera al detalle cómo ocurrió todo, no olvidase nunca que mi tío fue asesinado y quienes fueron los que lo hicieron. Aún guardo aquel trozo de vidrio, nunca supe muy bien lo que significaba, pero, aunque mi tía ya estaba un poco ida de aquella, tuve la intuición de que algún valor debía tener para ella.
Me despido jurando en esta carta mi amor eterno a ti, serás el único hombre que hayan acariciado mis manos y los últimos ojos a los que habrá mirado mi deseo. Tú serás el único en mis sueños y no habrá en mi corazón espacio para más lugar que el que tú ocupas en él, ni más territorio en mis labios que el que ocuparon tus besos, ni más "te quieros" que los que iré guardando para ti hasta que muera de nuevo, como hoy muere mi corazón a todo. Aquí dejo mi cuerpo testigo de tanto amor, un cuerpo al antojo del tiempo clamando su partida, un cuerpo inanimado obligado a renunciar a su cordura.
Nerea arde contigo allá donde tanto afecto, y hasta ese día en que me una contigo, dejaré de ser sólo para ser contigo. Mi mente y toda yo, no podemos por más que sucumbir a este tormento, no me pidas más mi amor, ni puedo, ni quiero. Mi pensamiento no puede si no vivir contigo, y si no vivo contigo en vida, al menos podré vivir en tu recuerdo, aunque deba pagar por ello con la locura.
Espérame allá en el cielo, vestido de gala con tu uniforme verde, que algún día, amor, volveré de seguro a verte.
Tu princesa Nerea.
Las lágrimas me impedían leer a duras penas las últimas palabras, jamás había visto mayor muestra de amor, cuánta tristeza, no podía parar de llorar.
Entendí claramente que mi tía sabia que su dolor no le iba a dejar vivir en la cordura, su pena era tan grande que prefirió, antes que el suicidio, vivir en la demencia de una permanente ensoñación, confiando en morir pronto para liberarse por fin de su pena y volver al lado de su marido.
- Dios mío ¿cuánto sería tu dolor? – dije volviendo a mirar su cara cada vez mas pálida.
Y luego, por un momento, una sonrisa de complacencia invadió mi rostro al pensar que tía Nerea ya estaría en brazos de su querido Arkaitz, en un lugar hermoso, alejado de tanta tristeza y amargura, donde por fin la luz alumbraría ese inmenso amor eternamente.
Miré después las letras corridas, esta vez a causa de mis lágrimas, y comprendí, que en aquella carta, quizás nunca hubo ningún perfume.
Un relato valiente y muy bien narrado, la historia de amor roto que dibujas es la que tantas familias han tenido la desgracia de vivir está muy lograda y junto con los recuerdos de la infancia, le das un muy buen tono al texto. Me ha gustado mucho.
ResponderEliminarGracias señor Lestat, un placer escuchar esas palabras de un avezado escritor y bien formado ademas.
ResponderEliminarque pasa Iñaki? con estos días de sol me cuesta creerte tan melancólico. La escritura es reciente?
ResponderEliminarpásate por mi blog